05 noviembre, 2014

Lactancia materna, ¿si o no?

Lo primero que acude a mi cabeza al pensar en lactancia materna es que los comienzos son duros, durísimos diría yo. Más cuando no sabes realmente a lo que te enfrentas. Todas sabemos lo que la mayor parte de la gente dice: que si "es una experiencia preciosa", que si "es el vínculo físico y emocional más estrecho que establecerás con tu bebé, sólo superado por el existente durante el embarazo", que si "hace el bebé más tuyo"... Pues sí, todo esto es cierto, es una experiencia increíble, es un vínculo inexpugnable y está claro que sientes que darle el pecho es una forma de acercar a ti a tu bebé en un momento en el que todo el mundo parece querer darle el biberón a tu bebé, cuando lo que realmente deseas es alimentar tú misma a tu bebé, ya sea con teta o biberón, en un tira y afloja absurdo entre tus instintos más primitivos como madre y los convencionalismos sociales que te arrastran demasiadas veces a creer de ti misma que estás tarada y eres una mala persona por mostrarte reacia a que los demás alimenten a tu bebé. Sí, es cierto que de alguna forma estamos un tanto taradas en lo que nuestro post parto pueda durar, pero tenemos derecho a pasar por nuestra alienaación mental transitoria personal con comprensión. Tranquilas, se pasa. Pero, bueno, este es otro tema.
Si bien la lactancia materna acerca el bebé a su madre, el biberón ofrece la oportunidad a los padres de involucrarse en la alimentación de sus hijos, lo que puede resultar muy gratificante para ellos. Lo que intento decir es que no entiendo la reciente tendencia que parece situarte de forma automática entre los detractores de una vertiente de alimentación, cuando te decantas por la otra. ¿Me explico? No resulta difícil encontrar comentarios acusadores en favor y en contra del biberón o la teta en medios como, por ejemplo, Facebook. Este mismo debate ha llegado a las calles e, incluso, a las consultas de los pediatras, haciéndonos partícipes de una guerra que, creo, no es la nuestra.
Yo no soy ni pro biberón, ni pro lactancia materna. Soy pro decisión de los padres y, más particularmente, pro decisión de la madre, porque el pecho es suyo, es ella quien va a darlo en caso de que decida hacerlo y es ella quien tiene el poder de tomar tal decisión. Podría decirse, incluso, que soy pro circunstancias, porque el devenir de los acontecimientos a menudo se ve condicionado por éstas. Partiendo de la base de una libertad para escoger, que parece, a mi juicio, cada vez más mermada, lo fundamental es recabar toda la información sobre ambos tipos de alimentación y escoger.
Como os comentaba antes, la lactancia materna es dura, sobre todo al principio. Demasiadas veces me he preguntado por qué nadie me había hablado antes de dar a luz de la subida de la leche, de lo que duele (Sí, duele.), del sufrimiento de las peripecias que vas probando para tratar de ablandar unos pechos que parecen haberse vuelto de piedra, del riesgo de mastitis... Cuando, estando embarazada, pensaba en dar el pecho a mi bebé, me imaginaba relajada, recostada sobre la butaca de su habitación, mirándole obnubilada, con un aura de paz y serenidad rodeándonos, como en una burbuja... Y, cuando di a luz, ¡plof! La burbuja estalló y desapareció, para dar paso a la realidad (siempre tan reveladora...). El caso es que, dejando a un lado el asunto de que Fabio hubiera permanecido ingresado durante 15 días al nacer, cuando nos lo trajimos a casa me vi envuelta en un pequeño infierno personal de noches de lloros cada hora u hora y media, con un bebé colgado de la teta en el lecho conyugal. Aquello acabó con mis nervios y minó mi determinación. Estaba decidida a darle el pecho a Fabio durante un año como mínimo, pero apenas aguanté un mes antes de que se me fuera la leche. Reconozco que no hice lo suficiente para conservar la lactancia materna y, mentiría si dijese que a día de hoy no me arrepiento. Pero, el momento, las circunstancias de las que antes os hablaba, pudieron conmigo. Hoy escribo esto, porque estoy profundamente contenta, satisfecha y agradecida con el biberón, pero también tengo claro que si pudiese dar marcha atrás, sabiendo lo que sé ahora, habría puesto mucho más empeño en conservar la lactancia materna unos meses más.
En un intento por ayudar a futuras mamás que puedan estar leyéndome, me propongo plasmar aquí y ahora toda aquella información que a mí me habría gustado recaudar, barajándome entre teta y biberón. Allá vamos:

La LACTANCIA MATERNA es económica, ¡¿qué digo?!, ¡es gratis!, es natural, somos mamíferos y es una de esas experiencias dignas de que toda mujer incluya en su lista de "Cosas que hacer antes de morir". Cuando estaba embarazada, el sueño más recurrente que tenía era el de amamantar a mi hijo. Sólo soñarlo hacía que me levantase por la mañana con algo así como mariposas en el estómago. Como os comentaba más arriba, "hace al bebé más nuestro", pues nadie si no tú puede alimentar a tu bebé, depende de ti, de tu leche, de tu pecho y te sientes haciendo algo súper importante para tu bebé, como dándole lo mejor. El apoyo a la lactancia materna se ha visto notablemente reforzado de un tiempo a esta parte y por todas partes proliferan asociaciones pro lactancia, tanto en medios digitales, como en centros culturales o de salud. Seguro que en tu ciudad hay por lo menos una que se reúna con asiduidad en tu centro médico o en algún centro cultural. En Pontevedra conocí algunas como Mámoa y Teta Meiga, creo que una asociada al Centro Médico de Lérez, donde acudía a mis citas con la matrona; y otra asociada al Hospital Provincial de Pontevedra, aunque ahora mismo no recuerdo cuál es cuál. Con lo poco que duró mi lactancia materna, nunca he tenido la oportunidad de asistir a ninguna de sus reuniones, pero éstas son abiertas al público y muy interesantes. Puedes llevar a tu bebé y a tu otro u otros hijos contigo, a una amiga,a tu pareja... ¡a quién quieras! Son asociaciones sin ánimo de lucro que están ahí con el único propósito de ayudar desde la cercanía y la experiencia de madres reales. Supongo que, al final, acabará convirtiéndose en una especie de familia. ¡Encomiable!
Pensando un poco en nosotras, la lactancia materna favorece una mejor y más rápida recuperación del cuerpo e incluso, en algunos casos, de la línea tras el parto. Al dar el pecho, el estímulo que ejerce la succión en el pecho provoca la liberación de una hormona llamada oxitocina, responsable de la contracción del útero y, por tanto, ayuda a recuperar su tamaño natural tras el parto. Además, dar el pecho consiste en una fórmula idónea para perder el peso acumulado durante el embarazo. Dando el pecho se queman hasta 500 caloría al día. Pensadlo de esta forma, mientras estás sentada tranquilamente en el sofá con tu bebé en brazos, ¡estás quemando calorías! De locos.
Los beneficios a corto y largo plazo para tu bebé, son numerosos y variados. Desde el famosísimo calostro, es decir, las primeras gotitas de leche que produces, que juega un papel fundamental en el desarrollo de tu bebé y de su sistema inmunológico por su alto contenido en anticuerpos y nutrientes. Pasando por una más fácil digestión, la prevención de infecciones y de obesidad infantil, pues la cantidad y calidad de leche se adaptan perfectamente a las necesidades de cada bebé. Hasta beneficios a largo plazo como la protección contra el cáncer infantil, la diabetes, la presión arterial alta, los altos niveles de colesterol, etc,.

Sin embargo, no todo es bonito en la lactancia materna. Insisto, es muy dura en sus comienzos y ata mucho. En algunos aspectos sigue limitando tu vida del mismo modo que lo hacía el embarazo. Vale que puedes volver a comer jamón serrano, chorizo, tu rollito de sushi favorito y un buen entrecot poco hecho, como a ti te gusta, porque el riesgo de contagiar a tu bebé de toxoplasmosis a través de la leche materna no existe. Pero sí que, por ejemplo, no puedes irte de despedida de soltera con tus amigas, por decir algo, y pasar una noche loca con ellas con alguna que otra copa de más y desconectar de tanta responsabilidad como la maternidad exige (Oye, una vez al año no hace daño, ¿qué pasa?). El caso es que, sí, podrías hacerlo, pero luego vendrá el quitarse leche para tirarla por el desagüe, la inseguridad de si habrá desaparecido ya del todo o no el alcohol de tu leche (Nadie quiere emborrachar a su bebé). Sin olvidarnos que para salir, tendrás que planificar con anterioridad la extracción de las tomas de leche maternas correspondientes al periodo de tiempo durante el que no estarás en casa. Un poco lío, ¿no? Algunas saltarán proclamando a los cuatro vientos que ser madre implica dedicación 24 horas, 365 días al año y olvidarse de nosotras mismas para vivir por y para nuestros retoños. Pero, no estoy de acuerdo. Sí, somos madres, pero seguimos siendo personas. Mujeres que siguen teniendo las mismas necesidades que antes, siendo conscientes de que, por supuesto, sus prioridades han cambiado. La mayor parte del tiempo vivirán volcadas en sus bebés, pero si antes de convertirse en madres la dedicación de tiempo a una misma era importante, ahora que apenas dispones de unos pocos minutos al día para ello (con suerte), para mí cobra más importancia si cabe. Una sola noche de cañas con tus amigas, riendo a carcajada limpia y pegándoos algún que otro bailoteo por ahí, puede cargarte de energías para seguir siendo una súper madre otros tantos meses más. Así que animo a todas a liberarse de vez en cuando.
Luego están las malditas pezoneras. Dios... No podéis ni imaginar la manía que acabé congiéndoles a esos endiablados discos que parecían disfrutar danzando a su antojo entre mis pezones y el sujetador, como con vida propia, dejando como resultado una bochornosa mancha de leche materna en mi blusa en el peor de los momentos, de la que acabaría enterándome tres horas después de haber estado con gente que, ¡seguro!, la habría visto y, muertos de vergüenza (o de pena por mí, que me ha pasado), no me habrían dicho nada. Ahora mismo estoy recordando una noche en concreto. La segunda después de habernos traído a Fabio a casa, creo. Aquella maldita mancha en el camisón se convirtió en la materialización de mi desbordamiento mental y físico, al fin y al cabo, de mi fracaso como mi madre. Y así logró hacer que me sintiera, un fracaso. Incapaz siquiera de mantener un ridículo disco de algodón en su sitio y con la vida y el sujetador patas arriba. En fin.

Por otra parte, el BIBERÓN es sinónimo de libertad. Para mí fue un gran alivio, porque me agobié mucho con el pecho. No veía la posibilidad de poder quitarme leche y dejarla preparada para que alguien se la pudiera dar a Fabio. Aún así, el cambio en él fue increíble cuando le dimos el primer biberón. Estaba tan deprimida y nerviosa, que la leche apenas me subía y él tenía mucha hambre. Con el primer biberón quedó llenito y durmió un montón. Implica el gasto de más dinero, claro está. Biberones, leche, tetinas... A veces la búsqueda de la tetina perfecta te hace perder la paciencia y otro tanto de dinero hasta que das con la adecuada.  Del mismo modo ocurre con el biberón. Los gases son muy frecuentes en bebés recién nacidos y, mientras padres e hijo los sufren como pueden, los primeros se patean las calles y unas cuantas páginas en internet en la procura del biberón milagroso definitivo que acabe con los cólicos. A nosotros nos ha venido muy bien el Dr. Brown, aunque no sé qué le pasa que pierde leche cuando lo agitas y hay que apretarlos una burrada al cerrarlos para que no ocurra. La propia tetina del Dr. Brown ha resultado ser la perfecta para Fabio, así que ahí terminó nuestro martirio. Evidentemente, siguió teniendo gases y una vez pasadas las 7:30 de la tarde, la casa se convertía en un infierno de lloros e intentos infructuosos por paliar su dolor, su llanto y nuestro dolor de cabeza. Muñecos de semillas para calentar en el microondas, infusiones, gotas... Nada funcionaba. Aunque con el Dr. Brown remitieron considerablemente.
Lo bueno del biberón es que puedes empezar a tener "tardes para ti" o "tardes para nosotros", con el papi de la criatura y dejar a tu bebé con sus abuelos. Por las noches quedan mucho más llenitos y duermen más, porque están saciados y un poco de descanso nunca viene mal, cuando no duermes ni una sola noche del tirón. Durante los tres primeros meses, el biberón en medio de la noche no te lo quita nadie. Despertador a las 4 de la madrugada y a la cocina a preparar cual zombie el bibe para el nene. Pero, sin duda, es mucho mejor que sacarte la teta cada dos horas. Cuando daba el pecho, de los 15 minutos por pecho no me libraba nadie, media hora en total. Con el biberón apenas sumaban 15 minutos. Si bien es cierto que los biberones hay que lavarlos, esterilizarlos y escurrirlos, no andar con la pezoneras, los sujetadores de lactancia, las cremas antigrietas y las malditas gotas de leche que se escapan a la mínima oportunidad, para mí fue una revolución.
En fin, que poco más puedo deciros del biberón. Todo facilidades.

Lejos de considerar estas dos formas de alimentación como rivales en guerra abierta, la alimentación mixta también existe. De hecho fue a la que tuvimos que acogernos durante la hospitalización de Fabio y no nos fue tan mal. Cogía pecho y biberón con las mismas ganas y nunca mostró rechazo por ninguno de los dos. Sé que generalmente los niños de pecho rechazan las tetinas e incluso el chupete, pero bueno, no fue mi caso. Puede que haya sido porque ha sido lo que ha conocido desde el principio: pecho y biberón. Y está bien, sano, fuerte, alegre, creciendo insaciable y constantemente y nunca nos ha dado ni un sólo problema. Ni infecciones de oído, ni catarros, ni diarreas... ¡Nada! Así que me parece bastante absurda e incluso reprobable, la criminalización a la que puede someterse a las madres que deciden no dar el pecho. Hay madres que deciden desde un principio dar el calostro a sus hijos y que les den la medicación para cortarse la leche. ¡Y está bien! No es mejor ni peor madre que la que da el pecho desde el principio y hasta los 6 meses, el año o los tres. Cada una es libre de decidir en base a lo que le venga en gana, sin que por ello la apunten con el dedo, etiquetándola como madraza o madre de poca monta. Decidir dar el biberón no significa, ¡ni mucho menos!, que tu hijo no te importe, que seas egoísta o despreocupada. Simplemente, has tomado una decisión, punto.