15 mayo, 2013

Lily Poo, para los amigos.


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Quiero que todo sea nuevo en esta Little House, pero antes de empezar a “amueblar” este nuevo espacio, quisiera sacarme alguna espinita, satisfacer algún que otro antojo. Lo cierto es que una cosa me está llevando a la otra, como tirando del hilo, porque ese es el camino que se ha de seguir; como corriendo tras un conejo blanco acelerado, aferrado con fuerza a su reloj de bolsillo, vociferando una y otra vez lo tarde que es ya, lo tarde que llega. No sé si camino hacia la maravilla o hacia ninguna parte, en realidad, pero camino (que ya es algo). Estas fotos son de hace ya algunos meses, trabajando mano a mano con mi amigo y “descubridor” como ¿modelo? fotográfica, Antonio de Ron. Fue una mañana bastante fría y habíamos quedado temprano. Emily (Lily Poo, para los amigos), no dejaba de maullar metida en el transportín. Pobre bicho. Lo reconozco, tengo un gato al que no quiero. No por falta de amor para dar, sino por falta de tiempo para forjarlo. Siento un cierto cariño, vale. Pero, amor, lo que se dice amor por el animal, no lo siento. Pero, eso sí, la admiro por su extraordinaria belleza. Tiene una carita, una expresión y, sobre todo, unos ojos, que jamás antes había visto en un gato. Por eso, ningún felino, excepto ella, podía ser la estrella de este photoshoot. A Antonio yo a mí nos temblaban las piernas de nerviosismo y podía palparse la inquietud. Sabíamos hora (temprano, no la recuerdo), y lugar (Mamá Borile, ya cerrado), teníamos una leve idea de los estilismos y, algo estaba seguro, teníamos al gato más bonito del Universo para fotografiar. Alguna garantía de éxito teníamos que tener, ¿no? Es broma. Aunque sin nada claro, todo fue fácil y natural. Pues, ¿puede haber algo más fácil y natural que una chica reviviendo con un café por la mañana mientras se zambulle en su libro? Bueno, lo de llevar al gato a desayunar, reconozco que sí que es raro, pero nadie ha dicho que pretendamos ser normales. Odio la Coca-Cola (a decir verdad, cualquier refresco), pero, por lo general, me encantan sus anuncios y los slogans que lo acompañan. La última genialidad que he leído del equipo de marketing de esta multinacional del refresco carbonatado, ha sido: LA GENTE NORMAL, QUE RARA ES. Así que me llevé al gato a desayunar. Y este ha sido el resultado.
Personalmente, me transmiten tanta paz y ternura, que no puedo dejar de mirarlas. Y todo está bien, todo se calma de pronto. Pero, no, no quiero a mi gato. Ni él me quiere a mí. Eso sí, sin pretenderlo, cuando me lo llevé a casa, le hice uno de los mejores regalos que podía hacerle a mi hermano. Ellos son inseparables. Sólo por eso, merece la pena soportar a ese gato infernal.

1 comentario:

  1. Hola cielo!! me alegro muchísimo que hayas decidido retomar lo que desde mi punto de vista bordas, siempre me han parecido las fotos, tan artísticas y con tanta sensibilidad, y qué decir de lo que escribes, siempre me hace pensar. No es un simple blog al uso, sino un hogar donde quedarse y refugiarse, así que a partir de hoy tienes fan incondicional de todo este arte y literatura que hace soñar. Un abrazo preciosa, sigue tan bella por dentro como por fuera.

    http://mapetitebyana.blogspot.com.es/

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